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lunes, 18 de enero de 2010

Machu Picchu: Here we go.

(Por: Joaquín De Quesada Seminario)

No sabíamos en lo que nos metíamos y creo que era mejor así. El clima no era el más óptimo pero nuestras ganas sopesaban cualquier obstáculo que se presentara en el camino. No puedo hablar por el grupo, pero la adrenalina bombeó sangre e impulsó cada uno de mis movimientos y actitudes, tal vez eso me llevó a apoyar tan descabellada idea.


Dos horas después desearíamos retroceder el tiempo. Desearíamos nunca haber tomado esa decisión y simplemente haber regresado al hotel, como buenos y aburridotes turistas. La tormenta se avecinaba y advertía que se vendrían cuatro infernales e interminables horas. El asunto es que nunca percibimos dicha advertencia.

- Ya no lo pensemos más y subamos de una vez – dijo Marco, mientras con un ademán de autosuficiencia, nos señalaba la borrascosa montaña que se levantaba ante nosotros.

- Regresemos, hace frío y es temporada de lluvia, podemos morir en el camino – replicó Silvia mostrándose notablemente asustada y poco convencida.

Marco es un ingeniero de sistemas de 22 años cuyo sobredimensionado autoestima y falta de tino complementan su retaca y fornida figura. Tiene cabello corto, casi pelado, tez obscura y se nota que pasa largas horas en el gimnasio tratando de emular los músculos de Schwarzenegger. Es un intransigente machista cuyos extremismos lo tornan un tanto chistoso e incluso simpático.

- Yo creo que debemos arriesgarnos y empezar el año con el pie derecho – intervine bastante emocionado.

- Sí, yo opino igual – contestó Angie abrazada, como siempre, de su enamorado Dany.

Luego de unos segundos deliberando, el dilema quedó solucionado. Subiríamos el monte, al bajar iríamos directamente al hotel cogeríamos nuestras petacas y nos subiríamos al tren para regresar a la ciudad del Cuzco. La idea era aventurera y acorde con lo que esperábamos concretar durante el viaje.

Silvia, que era la menos convencida. Tenía una expresión de cansancio y preocupación que nunca abandonó su rostro. Tal vez lo presentía o simplemente sabía que su vestimenta era la menos adecuada. Tenía puesto un polo de media estación y un chaleco morado que parecía no ser el mejor protector contra el frío. Sin embargo finalmente accedió y fue entonces cuando nos enrumbamos en la travesía.

Luego de caminar un par de minutos y seguir direcciones de tres guías llegamos al pie de la montaña. El lugar estaba tan desolado como un bosque inhabitado. Casi me sentí protagonista de la película ¨La bruja de Blair¨. Había un silencio sepulcral y de cuando en cuando se escuchaban ventiscas que chocaban con la vegetación. Cuando el aire entraba por las rocas emitía un espeluznante chirrido que opacaba nuestras agitadas respiraciones.

La montaña Machu Picchu fue descubierta en el año 2005 y desde ahí aventureros de todas partes del mundo la escalan. A diferencia del Wayna Picchu, la otra montaña ubicada en el sitio arqueológico que tiene lista de espera, la apu Machu Picchu cuenta con menos afluencia de personas y para ingresar solo se necesitan agallas y buena disposición de tiempo. Es recomendable que estés preparado para cualquier cambio climatológico y que lleves un buen botellón de agua pues, aunque pese cargarla, morir de deshidratación no es la mejor opción.

- Muévanse zánganos. Dany apúrate, macho que se respeta se apura ¿entiendes?

- Ya cállate la boca Marco. Pareces idiota con eso de macho que se respeta. – Contestó Silvia visiblemente ofuscada.

Silvia es una joven de 27 años que trabaja con Dany y Angie en “Deloitte”. Es de estatura media, contextura media y tiene pequeños y achinados ojos escurridizos. Sus labios son delgados pero contorneados y, siempre sonrientes, muestran su frágil y encandilada personalidad.

- Pucha son más lentos – contestó Marco con una prepotencia única.

Al cabo de tres minutos Marco ya estaba mucho más adelante que nosotros. Creo que lo hizo para demostrar su tan preciada hombría. Silvia no paró de refunfuñar. Angie y dany se las arreglaron para caminar y besuquearse al mismo tiempo.

Finalmente vimos la primera señal real de que estábamos en el camino correcto. Un enorme cartel con flecha nos lo deletreó (imposible no estar seguros). Decía “Montaña Machu Picchu”. Apenas lo leí mis pulsaciones subieron, tal cual lo harían si tuviese enfrente a la chica 21 más despampanante de la temporada.

- Chicos estamos en buen camino – Vociferó Silvia temblorosa y evidentemente asustada.

- ¡No me digas! – Coreamos todos con un tono irónico e intolerante.

- Ya, ¿que esperamos? subamos – dijo Dany señalando la angosta y verde entrada.

Cuando nos adentramos en la densa vegetación de la montaña, sentí un olor diferente. Era una deliciosa y empalagosa humedad que me jaló. El viento corría suave y acariciante. Los bichos chirribiaban musicalmente. No hacía calor ni frío y de cuando en cuando, un gota de lluvia me refrescaba la cabeza. Estaba convencido, la montaña nos daba la bienvenida. Era perfecto.

Durante varios minutos permanecimos en silencio. No hubo quejas, lamentos ni prepotencia. Luego de dar unos pasos nos chocamos con una rústica mesa de madera sobre la cual reposaba un ancho y descuidado cuaderno.

- Es una lista! – Dijo Silvia emocionada.

- Yo pongo mi nombre primero – contestó Angie avasalladoramente.

Para mí era importante. Tenía que dejar constancia de haber subido dicha montaña. Esperé a que todos llenen sus datos y después, con total orgullo, puse mi nombre. Angie cogió una enorme bocanada de aire y dijo.

- Hay que descansar un toque. me cansé.

Ese fue el punto de quiebre. De ahí en adelante el viaje se tornó insoportable. Por pedido de las damas, paramos a descansar cada tres pasos y como iba la cosa temía que nunca llegaríamos a la cima. Luego de unos momentos el paso se agilizó y aunque no teníamos destreza para subir como los montañistas, nos las arreglamos.

De pronto aquellas gotas de lluvia, que esporádicamente cayeron sobre mi cabeza, se volvieron más frecuentes y comencé a vislumbrar nuestro inhóspito destino.

Angie y dany, sorprendentemente se adelantaron y yo, por no dejar a Silvia sola, fui a paso de tortuga.

- Ayy !!!!! , No puedo respirar ya no aguanto más. Paremos un minuto.

- Está bien Silvia paremos un rato – contesté con tono conciliador

- Parece que va a llover. Me asusta que llueva. Con las piedras mojadas nos podemos desbarrancar. No hay nadie más que nos ayude. Me duelen las piernas y quiero regresar.

- Silvia, déjate de huevadas, todo está bien. Vamos párate hay que seguir. - Le contesté enérgicamente. Tengo que admitirlo, no tengo mucha paciencia y en ese momento lo único que quería era llegar a la cima

Inmediatamente Silvia se paró desganada y caminó un poco más rápido. Apenas me puse de pie un espeluznante vértigo corrió por todo mi cuerpo. Pude, por fin, ver el acantilado y comprobé todo lo que habíamos trepado. Por primera vez sentí miedo de caer. Estábamos parados sobre un camino realmente estrecho. A mi lado izquierdo se vislumbraba el precipicio más alto que he había visto en mi vida. Y pocos centímetros a mi derecha toscas rocas nos acercaban al abismo.

Estaba consciente de que una pisada en falso podía ser fatal. Pero aunque suene sadomasoquista, eso fue lo que me impulsó a continuar. La adrenalina. La aventura.

De pronto las nubes taparon el sol y oscurecieron nuestro panorama. Las antes inofensivas, gotas de lluvia se convirtieron en una torrencial tormenta. Las rocas, por las grandes cantidades de agua, se volvieron tan resbalosas como los pisos de las tinas sin antiadherentes. La temperatura descendió y cada paso que dábamos debía ser meditado ya que podía ser el último en nuestra corta vida.

- Puta madre, ya no puedo más. Sigue tú si quieres pero yo me quedo aca – Dijo Silvia gritando entre zollozos.

- ¿Qué te pasa? ¿piensas quedarte aca despues de todo lo que haz subido? – le contesté fuertemente

- Joaquín, me muero de frío y me duelen las piernas. No puedo, me va a dar hipotermia.

- Sentada aca como hongo te va a dar hipotermia. Toma, te doy mi casaca pero sigue, no te puedes quedar.- le dije mientras me sacaba la enorme y acolchada chaqueta de plumas que tenía puesta.

Primero no quiso aceptarla, pero luego de unos segundos la tomó dándome a cambio su diminuto y morado chaleco.

- Mierda esto no me queda olvidate. – Exclamé

- Joaquín, sino te vas a morir de frío y aquí no hay quien te cargue – Dijo Silvia un tanto ironica.

Al ponermelo sentí mis intestinos escurrirse hasta la garganta e imaginé como sufren los estoicos usuarios de la yesoterapia o algúna otra faja de venta por televisión. Era horrible.

Silvia soltó una carcajada y luego añadió.

- Te saca cintura.

Sus palabras me disgustaron pero guardé la compostura. Lo único que quería era seguir caminando.

- ¿podrías pararte y empezar a caminar? – le dije entredientes.

Luego de unos segundos, Silvia se puso de pie y seguimos la marcha.

No pasó mucho tiempo hasta que sentí mi cuerpo rechinar de frío. Tenía los brazos entumecidos y lo único que observaba era el pedregoso y mojado piso. No quería voltear. Sabía que si miraba el abismo no continuaría. No es que le tenga miedo a las alturas pero esto ya era demasiado.

De pronto uno de mis pies resbaló y sentí mis entrañas estrujarse de terror. Vi el precipicio a un centimetro de mi retina. Casi pude sentir mi cuerpo desprenderse del piso y caer al enorme e infinito vacío. Imaginé lo que sería precipitarse, desde esa altura, contra el piso. Dí un enorme suspiro y hasta creo que grité despavorido.

- ¿Estás bien?

- Si Silvia estoy bien no te preocupes solo me resbalé.

Silvia continuó caminando tras de mí. Yo seguí a paso lento y cauto. Aún me sentía tembloroso por el susto. No podía parar de pensar en lo que sería morir escalando la montañá. Creí que nunca regresaría a casa. Que ahí terminaría mi historia. Rezaba por llegar a la cumbre pero también rezaba por aparecer mágicamente al pie de la montaña. En el hotel. O mejor, en mi hogar.

Cada paso que daba era con tedio y pánico, el frío era incontenible, y estaba seguro que si exprimía mi polo y el chaleco morado de Silvia tendría agua suficiente para llenar el botellón de tres litros que había cargado durante todo el camino.

- Por fín carajo

Escuché un grito. No sabía de quien era pero creo que se trataba de Dany. El había llegado a la cima y no podía estar muy lejos. Tomé una larga bocanada de aire y empezé a caminar rápido y emocionado. El cansancio era infinito pero la idea de poner pie en la cumbre se perfilaba como una panacea inalcanzable. Finalmente luego de unos minutos llegamos.

Que desilución. La neblina había tapado el horizonte. No podía ver más allá de mis narices. El frío era aún más intenso. Las gotas de lluvia golpeban fuertemente mi cara y el estar ahí era aún mas tortuoso que todo el trayecto.

Dani y Angie tiritaban abrazados. Silvia no emitía palabra pero su expresión compunjida se asemejaba a la de una niña que no recibió regalo navideño. Marco, siempre erguido, estaba parado en la punta con el rostro hacia el vacío. El viento hondeaba los pliegos de su casaca y parecía una retaca imitación de heroe televisivo.

- Regresemos zánganos. Esto es una mierda. – Dijo Marco serio y con aires de superioridad.

El descenso no mejoró pero cada uno se las arregló para seguir. Silvia tomó una enorme rama y la utilizó de bastón. Angie se apoyó en los brazos de Dany y viceversa. Marco fue adelante, estudiando cautelosamente cada una de sus pisadas. Nos avisaba cuando habían rocas sueltas y nos daba una mano en bajadas muy altas. Tenía que admitirlo su actitud cambió y fue de gran ayuda durante la bajada.

Mis dos pies izquierdos boicoteaban todos los movimientos que intentaba. Los zapatos me quedaban chicos, me dolían las uñas. Era el último en la fila y aunque avancé extremadamente lento tropezé constantemente. En una ocasión caí como papa contra las piedras y, por un pelo, no me uní a la pacha mama (madre tierra) en versión molida y biodegradable. Cada tramo parecía la recta final y aunque no lo era me contentaba con la idea de que faltaba poco.
Apenas llegué a ¨tierra firme¨ me quité el chaleco morado, miré a Silvia con una deteriorada expresión de victoria y le dije.

- ¡Llegamos!

- Si tú dos horas después – Me contestó entre risas.


4 comentarios:

  1. jajajajajaja... ok, yo soy una miedosa?? muy buena tu crónica Joaquin no sabia que escribias tan bien... aunq un poco irreal... xq yo no tenia miedo!! solo flojera jejejeje ;p

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  2. Oyeeee es tal cual paso jajaja no t hagas la valiente jajajajajajajaja

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  3. Oye tb leí tu blog. Es genial me encantan tus reflexiones.

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  4. por favor q montañas escalaste esta no es la versión q recuerdo he dicho! jajajajaja. Mentira escribes de la pm esta chevere sobre todo la descripción de marco jajaja

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