(Por: Joaquín De Quesada Seminario)
Esa mañana desperté temprano y decidí ir en búsqueda de la añorada joya. Tomé una inmensa taza de café bien cargado. Prendí la televisión para ver noticias y de paso despabilarme un poco. Cogí una bocanada de aire, apagué el aparato y me paré con cierto desdén.
Salí de casa poco después de las 9:00 de la mañana, calculando que el viaje hasta el centro tarda una hora y media. Tomé un taxi amarillo, porsiacaso, y me enrumbé. En el camino abrí un paquete de galletas que llevaba en el pantalón desde hacía dos días y las comí mientras involuntariamente pegué la vista en objetos inanimados. Motivo de la mala noche, no pude evitar luchar en una contienda por estar alerta. Por fin e irremediablemente me dejé llevar por el onírico juego de mis instintos. Solo fue por dos minutos, al menos eso creo.
Esa mañana desperté temprano y decidí ir en búsqueda de la añorada joya. Tomé una inmensa taza de café bien cargado. Prendí la televisión para ver noticias y de paso despabilarme un poco. Cogí una bocanada de aire, apagué el aparato y me paré con cierto desdén.Salí de casa poco después de las 9:00 de la mañana, calculando que el viaje hasta el centro tarda una hora y media. Tomé un taxi amarillo, porsiacaso, y me enrumbé. En el camino abrí un paquete de galletas que llevaba en el pantalón desde hacía dos días y las comí mientras involuntariamente pegué la vista en objetos inanimados. Motivo de la mala noche, no pude evitar luchar en una contienda por estar alerta. Por fin e irremediablemente me dejé llevar por el onírico juego de mis instintos. Solo fue por dos minutos, al menos eso creo.
De pronto una ronca voz me sacó del regazo mental
- Ya llegamos.
Demoré unos segundos en bajarme. Cuando finalmente mis pies tocaron la vereda la voz reverberó, una vez más, en mis oídos.
- ¿me va a pagar o no? – Dijo el taxista un tanto exasperado.
Rápidamente saqué mi billetera del bolsillo y le entregué un billete de diez soles.
- No alcanza - replicó bastante irritado.
- No importa, quédese con el cambio- contesté con la mirada en el piso.
- Faltan cinco soles.
- Ah perdón tome.
Caminé cinco cuadras hasta llegar a la calle de las joyerías. Lo único que hice fue circular y mirar las majestuosas vitrinas que ostentaban maravillosas y costosas joyas. Sabía que, aunque mis ahorros no eran cuantiosos, podría comprar algo que le gustase. Algo que demostrase cuanto la quería. Algo que la haga decir sí.
Por fin quedé pasmado. En el aparador de aquel lujoso local colgaban destellantes tiras plateadas que adornaban simétrica y meticulosamente los más bellos artilugios que había visto en mi vida. Eran de diversas formas, colores y diseños, pero todos tenían algo en común. Eran anillos. No me alcanza - pensé – están fuera de mi presupuesto. Sin embargo como nada se pierde husmeando, decidí entrar y preguntar sus valores.
El interior de la tienda era modesto, clásico y elegante. Intuí que detrás de ese mostrador, y de aquellas simples puertas de madera, habían pomposas joyas. Las más raras piedras preciosas. Pensé en la cantidad de dinero que valdrían y en lo que sería volverse loco por un instante. Ponerse un pasamontañas sobre el rostro. Cargarse de intimidantes armas de fuego y asaltar el lugar. Huir al extranjero con un mundanal de plata. Poder, allá, darle un mejor estilo de vida. Como el que ella sueña. Uno lleno de lujos y comodidades. Uno que sabía bien, un comunicador, como yo, no podía darle.
-Señor, ¿se le ofrece algo? - Me dijo una platinada y elegante señora.
- Buenos días, quisiera saber los precios de los anillos que están en la vitrina.
- Bueno hay de diversos precios, ¿se los saco para que los vea?
- Si, Por favor De cercar eran aun más bonitos. Similares a aquellas enormes piedras que Liz Taylor y Sofía Loren llevaban a los premios de la academia.
- ¿Cuánto cuestan?
Los precios oscilaban entre: Ni en sueños me alcanza, Quedas empeñado de por vida y terminas completamente quebrado (pero no endeudado).
Luego de meditarlo por espacio de cinco minutos, opté por la tercera opción. Salí de la tienda y me dirigí al banco. Me paré en la primera ventanilla y retiré efectivo hasta que mi cuenta quedó con un balance de cero con cero soles.
Apresuradamente regresé a la joyería. Miré directamente a los ojos de la acicalada vendedora y le dije.
- Me llevo este.
Sabía que eran los ahorros de toda una vida. Estaba consciente que era una friolera. Pero valía la pena. Ella se lo merecía.
- ¿Quién es la afortunada? – preguntó, entre risas saltarinas, la sobreactuada vendedora.
- Mi futura esposa – contesté mirando al vacío.
- Ayyy que romántico ¿se lo envuelvo?
- Marco, habla. Me muero de la curiosidad.
Recupero el aliento y digo.
- Milagros ¿hace cuanto somos enamorados?
Ella hace una pequeña e inusual pausa y replica.
- Bueno desde enero del 2004. Hace cinco años ¿Por qué?
- Sabes que hemos avanzado en la relación y cada día que pasa te quiero más – Le dije con voz temblorosa e insegura.
- Yo también te adoro – Me contesta lenta e inexpresivamente.
- No se tu, pero yo estoy preparado para avanzar en la relación. - Milagros, lo he meditado mucho –le digo mientras extraigo de mi bolsillo un pequeño y peludo estuche gris.
Ella se sobresalta, y clava su mirada al objeto. Siento que ya no me escucha. Que toda su atención está en la pequeña cajita.
- Milagros , ¿Me estas escuchando?
- Claro que te escucho pero ¿Qué es eso? – Me dice visiblemente angustiada.
La ignoro y continúo. Abro la cajita y saco a relucir el pequeño y fino anillo. Tiene una brillante piedra redonda cuyo soporte es dorado, delgado y delicado. La miro directamente a los ojos pero las palabras no salen. Mi vista se nubla y ahora solo escucho su rápida y agitada respiración. No puedo ver su rostro, pero la escucho. La escucho. Sé que está ahí. Expectante. No sé que responderá pero igual lanzaré la pregunta. La pregunta que derivará directamente a mi felicidad. A nuestra felicidad.
- Milagros ¿Quieres casarte conmigo?
Ella me mira y no dice palabra. Solo percibo a los grillos darle sonido a la noche y su acelerada respiración darle atmosfera a nuestra escena. De pronto oigo el rechinar de la silla y noto que se apoya en el respaldar. Luego encorva su espalda. Posa sus codos sobre la mesa y acerca su rostro al mío. Siento su boca muy cerca. Su aliento me roza. Suspira temblorosa y responde suave y compasivamente.
- Marco. ¿Por qué quieres casarte? Porsiacaso ya no estoy embarazada.
Siempre me he caracterizado por odiar leer, pero hoy un lindo rostro me obliga a leer para conocerte mejor. PD. te reto a adivinar quien soy
ResponderEliminar