La ultima vez que Gemma vio a
su madre estaba parada frente a ella. Desdibujadas imágenes y un fondo infinito
la invitaban a acercarse. No distinguía su rostro, pero sentía su aroma, sus
recuerdos, sus caricias, y su vida, como un ondulante respiro del pasado. La oía hablar, no reconocía sus palabras,
pero los mensajes le llegaban a la mente con total claridad.
Una vez le dijeron que las
almas no tienen rostro, pero si expresiones, tan vívidas que transmiten cada
momento que pasaste con ellas. Eso fue
lo que sintió. Aquel enorme espacio
abstracto se definió en un escenario del pasado, donde todo era fresco y joven.
Sentada en una banca del parque podía ver a Ines acercarse. Ella montaba una
bicicleta blanca, y dejaba arrastrar la
cola de su blanco vestido contra el piso. Todo permanecía intacto, hasta ese
peculiar sentimiento que uno tiene cuando es niño.
La vida de Ines nunca fue
fácil. A los 20 años sufrió los embates de la segunda guerra mundial, durante la
campaña aliada de Italia. Desesperada por la seguridad de sus dos hijos, huyó
de su natal Genova, sexta ciudad más poblada de Italia, y fue asilada en Lima, donde encontró un
hogar en la casa de familiares, a los que había conocido solo por fotografías. Don Hernan, su esposo, nunca pudo viajar a
Lima con ella por problemas con el consulado italiano. Sin embargo, Ines tenía
memorizadas cada una de las cartas que el le escribía desde territorio europeo.
El enorme y verde parque, que Gemma solía visitar de niña, seguía ahí. Los arboles a su alrededor permanecían
inmóviles como dibujos en un lienzo, pero podía sentir ventiscas de aire
revolver su pelo, igual que una bandera colgada desde lo alto de un edificio. Su madre estaba parada frente a
ella. Cuando miraba sus pupilas el entorno se perdía en una nebulosa. Tomó su mano y sintió un calor implacable que no quemaba, pero calentaba sus entrañas.
Gemma Intentó hablar con su madre, pero no emitía sonido. Sin embargo, Inés asentía con la cabeza, le afirmaba. La entendía. Esa tarde, o quizá noche, parecía atemporal. Podía haber sido un soplo o una eternidad detenida. No habían minutos ni segundos, solo sensaciones intensas. Nostálgicas, pero deliciosas.
Sin que Gemma se de cuenta, su madre y ella ya caminaban sobre un infinito vacío. El parque que visualizó de entrada había desaparecido. No sentía miedo. Sólo un ilimitado sosiego que la invitaba a continuar hablando sin hablar y a escuchar sin oír. Desde lo lejos llegaban instantáneamente sus vivencias, o la esencia de ellas. Algo que no percibía desde que tenía 12 años y que pensaba, no iba a volver a experimentar.
Despertó sonriendo y sintió un inusual calor en sus sábanas, al lado derecho de su cama. Alguien había estado con ella. Una conciencia que se despedía. Una página cerrada. El teléfono suena. Gemma contesta. Adiós, entiende.
